De metáforas y de espejos. Cuadros de Germán Rodríguez.

El arte abstracto no me interesa.
No me interesa el arte abstracto cuando por abstracto se habla de arte sin referentes objetivos, de arte desconectado del mundo real, de arte por el arte. Nada más vano, nada más vacío. Nada más insípido que el arte por el arte, arte muerto, arte para críticos y para profesores universitarios que de arte no saben nada. Se equivocan, mienten, cuando dicen que las pinturas de Germán Rodríguez sólo hablan de un mundo que no existe más que plásticamente. No. No es cierto. Sus pinturas me hablan de manera concreta y tangible, me hablan de sentimientos y de emociones, me describen paisajes y civilizaciones, me cuentan su visión del mundo. Sus pinturas son una metáfora de la realidad que nos rodea y de las sensaciones que en nosotros despierta.

Una metáfora en continuidad con la historia de la pintura, pues en sus cuadros no reconozco solamente la influencia de su maestro Armando Villegas quien le transmitió, además de su saber pictórico y estético, su filosofía de la vida artística, sino también a Picasso, a Bacon, a Turner, a Miró, a Kandinsky. Pequeñas referencias en las formas, pequeños guiños en las esquinas de los cuadros, pequeños homenajes en las texturas, pequeños lapsus inconscientes. Su herencia.

Una metáfora, digo, pero no me refiero a un proceso hermético y cerrado, para mí sus obras son todo lo contrario. Frente a ellas, no me siento abandonado, como muchas veces me pasa frente a otras exposiciones de arte contemporáneo, para mí su metáfora es límpida y clara. Por una bienaventurada casualidad, observo estos lienzos mientras oigo Bitches' Brew de Miles, y una irresistible corriente me lleva por ellos como por la música, Germán me invita, es el eco de la voz de Miles que me dice ven, sigue, yeah, like that, me coge de la mano y recorro sus pinturas, descubriendo altares y sacrificios precolombinos en Symbols, almas aztecas que entre el humo llegan a los Dioses, Dioses severos y descontentos que las muertes no aplacan; o topándome con demonios escondidos en Abîme, fantasmas atormentados que me atormentan y me asustan, que me cuentan que más allá no hay paraíso, que el abismo es profundo y es oscuro. Y le pregunto a Germán, oye, ¿así es el abismo?, y él me contesta no sé. Que no sabe, que no quiere explicar su arte, que sus cuadros deben defenderse por sí mismos, continúa. Yo sé que él sabe, yo sé que él sabe cómo es el abismo, yo sé que él ha atravesado la soledad y la desesperanza, yo sé que él se ha dado en sacrificio, pero, por modestia o por juego, decide que no quiere explicarme, no quiere explicarme porque no quiere darse en espectáculo, el espectáculo está frente a nosotros en sus telas, y no quiere explicarme porque quiere que yo juegue su juego, el de abandonarme a su pintura.

Así que yo interpreto la metáfora y me invento historias, historias tal vez traídas de los cabellos, historias dementes tal vez, pero historias tan válidas como cualquiera, como la que él se contó al pintar, como la que cualquier espectador se cuenta al observar. Ese es el juego en su obra, abrir sus sentidos y contarse historias, dejarse llevar por los colores y las formas, estremecerse como lo hice yo al descubrir ese arco, ese triángulo ocre y gris, esa forma abortada que para mí domina Fusión y que sin entender lo que pasaba, me habló y me dio ganas de llorar, no sé si lágrimas tristes o felices, pero lágrimas igual, confirmadas por mi piel de gallina y esa sensación adentro, como un vacío entre los pulmones y el estómago, como si mi diafragma fuera a estallar, y me pregunté lo que ocurría y analicé el cuadro y vi que él también lloraba pues la pintura como maquillaje se corría y caía de esa forma extraña, y creo que entendí. El cuadro me hablaba. El cuadro lloraba y, sin que yo me diera cuenta, me contó sus dolores y alegrías y me dijo siénteme y al sentirlo, quise llorar. Siénteme, es lo que dicen los cuadros de Germán.

Germán, digo, y no Rodríguez pues al ver sus cuadros no hay distancia, no hay respeto; hay amistad, una amistad admirativa, pero una amistad profunda que me permite llamarlo por su nombre de pila, como lo haría con Miles, porque con él comunico y al encontrarme frente a sus lienzos, ellos y yo hablamos de tú a tú.

Pues, a pesar de que nos contemos historias diferentes, hemos sentido lo mismo, hemos sentido que la realidad es caos y hemos tratado de ordenarla en descripciones que pueden parecer abstractas, que pueden no tener sentido, pero de las cuales se desprenden todas esas sensaciones, esas sensaciones que todos hemos experimentado, esa ansiedad al ver el alba que se levanta, esa nubareda apaciguante al recordar un sueño o esa revelación mística al encontrarse en medio de un bosque oscuro. Si los cuadros de Germán me tocan es porque en ellos recuerdo esas emociones que ya he vivido y porque me las describen tal vez mucho mejor de lo que yo podría hacerlo. Estos cuadros son como un olor que de repente me atrapa y me sume en recuerdos emocionales; de la misma manera en que ciertos perfumes me devuelven a la dulzura de los brazos de mi madre, la contemplación de Structure despierta esa incomprensión ansiosa que me ataca al recorrer grandes ciudades, topándome con esas gigantescas estructuras de nuestros tiempos, autopistas sin sentido, rieles entreverados, rascacielos anonadantes; construcciones magníficas y bellas que me hacen pensar que el hombre es grande, pero construcciones caóticas de pies de arcilla que me asustan y que gritan tal vez ya es demasiado, que nos vamos a terminar cayendo. Con las obras de Germán no sólo siento y sueño sino que reflexiono sobre mi mundo. Para mí, eso es el arte.

Y me imagino a Germán trabajando en su pequeño estudio de Paray-Vieille-Poste en los suburbios de la urbe parisina, pintando todos los días con disciplina, lanzando grandes trazos apasionados, rasgando la pintura con su espátula rabiosa, esparciendo texturas dulces con un trapo, dibujando líneas con sus dedos, y me digo que probablemente frente a sus cuadros no sentimos lo mismo, ni nos contamos las mismas historias porque, en realidad, sus pinturas son espejos, son reflejos de lo que tenemos dentro. Espejos. Para mí, eso es gran arte.

Mas, al mismo tiempo, no puedo dejar de sentir esa dulzura de sus texturas blancas, esos vapores apaciguantes que contrarrestan un poco esa rabia, esa ansiedad y esa fuerza que siento en sus composiciones y, entonces, veo en el reflejo, por encima de mi hombro, la silueta de Germán. Germán, ese creador que estuvo ahí desde el comienzo de mi confrontación con el lienzo; Germán, ese guía que me acompaña durante el análisis de mí mismo frente al espejo.

Jacques Toulemonde Vidal
París, 2007

Escritos
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